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La guerra nunca es menos que el mal

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La primera historia bíblica de guerra se relata en Génesis 14. Cuenta cuando cinco reyes cananeos, incluido el rey de Sodoma, se rebelaron contra Quedorlaomer de Elam. Quedorlaomer derrotó a los cinco y les quitó sus bienes, junto con Lot, el sobrino de Abram, quien para aquel entonces vivía en Sodoma. Abram, a su vez, persiguió y derrotó a Quedorlaomer y a sus aliados, rescató a Lot y a otros cautivos, y les devolvió todos sus bienes. En un ritual que elevó a Abram al mismo estatus que los reyes cananeos, Melquisedec, el rey sacerdotal de Salem, bendijo a Abram e hizo una ofrenda de acción de gracias a Dios, mientras que Abram le dio a Melquisedec “los diezmos de todo”. Luego, el rey de Sodoma le ofreció a Abram todo el botín de guerra, pero Abram lo rechazó, ya que había jurado a Dios que no tomaría ningún botín, para que el rey de Sodoma no dijera: “Yo enriquecí a Abram”.

Esta historia de guerra sirve como un punto de inflexión para Abram, ya que, en el capítulo siguiente, Dios hace un pacto con él, prometiéndole prosperidad futura y aumento de su descendencia. La guerra con Quedorlaomer fue, por tanto, el germen del futuro surgimiento de Israel.

Desde los albores de la civilización, muchas naciones y civilizaciones también se han alzado y han sido destruidas por la guerra.

Mientras escribo esto, el conflicto en Ucrania ha llegado a cinco meses sin un final a la vista. Las historias de las víctimas inocentes de la guerra son desgarradoras. No se puede justificar la decisión de Putin de invadir. Sin duda, los ucranianos tienen justificado el contraataque, ya que están defendiendo a su patria y a su pueblo. Pero, sin importar cuán justa pueda ser una guerra, como en los casos de Abram y de los ucranianos, en esencia, la guerra es el mal. Si sus víctimas inocentes son sus bajas necesarias, entonces la guerra es el mal necesario resultante de la naturaleza pecaminosa de la humanidad.

Entonces, ¿qué se necesita para que terminemos la guerra y aprendamos a vivir en paz los unos con los otros?

Dos profetas del siglo VIII A. C. tuvieron una visión audaz de la paz. Miqueas profetizó que “[las gentes] convertirán sus espadas en azadones y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra” (Miqueas 4:3).

En la primera visión de Isaías, “morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará” (Isaías 11:6). Si bien estas profecías estaban dirigidas a los israelitas, la paz que imaginaron tiene una cualidad universal. Intentaron restaurar la esperanza en su pueblo profetizando un reino sin guerra. ¿Quién tiene hoy el coraje de proclamar tan atrevida profecía?

Thomas Merton escribe, en Nuevas Semillas de Contemplación, que “el miedo es la raíz de todas las guerras. No tanto el miedo que los seres humanos se tienen unos a otros como el miedo que le tienen a todo. No es que no confíen unos en otros; ni siquiera confían en sí mismos… No pueden confiar en nada, porque han dejado de creer en Dios”. La ironía es que a menudo se invoca a un dios u otro para justificar la guerra; y este, creo, es el dilema teológico más grande de cualquier religión verdadera, uno que ha llevado a muchos teólogos a trabajar sobre las teorías de la “guerra justa”, ninguna logra el criterio estándar para  medir el amor perfecto de Jesucristo crucificado, quien nos ha mostrado el único camino hacia la paz y armonía eternas.