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Un niño y un milagro

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“Aquí está un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados pequeños; pero ¿qué es esto para tanta gente?” (Juan 6:9)

Hace muchos años, algunos compañeros del seminario y yo organizamos un viaje misionero a Cuba. Entre los muchos momentos inspiradores hubo una fiesta de cumpleaños para un miembro del grupo de jóvenes en la catedral de La Habana. Cada niño que llegaba traía un regalo, y todo era comida y bebida. Algunos trajeron una lata de refresco; otros, un huevo; un par más trajeron un pequeño pedazo de pan o una pequeña cantidad de carne para bocadillos. Al poco tiempo, había comida y bebida para satisfacer a todos. Nos enteramos de que el regalo que traía cada niño era de su ración semanal. No pude evitar sentirme conmovido por el espíritu de generosidad de estos jóvenes a pesar de la escasez en la que vivían y me sentí avergonzado por mi propia falta de generosidad a pesar de la abundancia en mi país.

El versículo bíblico anterior procede del relato de Juan sobre el milagro de los panes y los peces. Se trata de un cambio de paradigma de la escasez a la abundancia, en cuyo centro está este niño anónimo con cinco panes de cebada y dos peces. En griego, al niño se le llama paidarion, y se cree que es de origen humilde, ya que el pan de cebada era un alimento básico para los pobres. ¿Qué eran de hecho cinco panes de cebada y dos peces para una multitud tan grande? Pero para este pequeño niño eran todo lo que tenía, y sin embargo lo ofreció todo libremente. Este niño anónimo, insignificante y pobre, con su pequeño e insignificante regalo, se convirtió en el instrumento de una gracia milagrosa que cambió el paradigma de la vida, pasando de la escasez a la abundancia, y debió de tener un profundo impacto en la fe de quienes lo experimentaron.

Hace algunos años, cuando servía en una parroquia de Long Island, solía dar homilías orientadas a los niños en los servicios familiares. Un domingo, la historia del Evangelio era una historia de milagro. Sin pensarlo mucho ni esperarlo, le pregunté a los niños: “¿Cuál es la diferencia entre la magia y el milagro?”. Un niño levantó la mano y dijo: “La magia no cambia nada, pero un milagro sí”. Un momento de silencio conmovedor e impresionante. Ese niño entendió lo que es un milagro mejor que cualquier adulto en la iglesia. Dejé el resto de mi homilía y dejé que esas palabras fueran el mensaje evangélico del día.

Los niños pueden experimentar y conectar con el misterio de Dios de una manera que solamente puede venir de un espíritu de inocencia y apertura. Lo he visto una y otra vez. La Biblia ofrece muchos ejemplos de jóvenes llamados a ser voces proféticas de Dios y agentes de gracia y transformación. Estoy convencido de que los niños y jóvenes de nuestra iglesia tienen el don y el poder del Espíritu para marcar una diferencia, una diferencia milagrosa, en la iglesia de hoy. Deseamos que los niños llenen los bancos, pero rara vez estamos dispuestos a capacitarlos para que sean agentes de la gracia y la transformación. Cuando rezamos por un milagro, esencialmente estamos rezando por un cambio, a veces un cambio radical. Los jóvenes no son el futuro de la iglesia, sino los miembros actuales de la misma. ¿Qué pasaría si les dejáramos ofrecer sus dones espirituales y los empoderáremos para desempeñar un papel fundamental en la iglesia? Podríamos ver un milagro.