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Una Lección de John Lewis


Published in the issue.

Bishop Andrew ML Dietsche
The Rt. Rev. Andrew ML Dietsche, Bishop of New York. Photo: Kara Flannery

Hace cuatro años, cuando tuve el honor de otorgar la Condecoración de la Cruz del Obispo a Nell Gibson, hice referencia a un pasaje de sus memorias Too Proud to Bend (Demasiado Orgullosa para Doblegarse), en el cual ella reflexiona acerca de la larga lucha de los defensores de los Derechos Civiles de su generación, ahora siendo esa generación la que ha empezado a heredar tanto de ese trabajo inconcluso. Ella comparó su generación con Moisés, quien guió a los hebreos por el desierto, pero que moriría en la montaña, con vistas a la Tierra Prometida, antes de cruzar el río. Ella indicó que era su trabajo—y el de todos ellos—cruzar las privaciones del desierto y sufrir lo que conlleva, para posibilitar la venida de todos los Josués después, quienes llegarían a la Tierra Prometida.

Nunca he olvidado lo conmovedoras que son sus palabras. No me es posible. Y en estos días, cuando vemos a los grandes hombres y mujeres de la era de los Derechos Civiles salir del panorama, mientras la lucha y las protestas en contra de un racismo institucional desmesurado continúan con velocidad, pienso en todos esos Moiséses y en el precio que han tenido que pagar, y el privilegio que es compartir el tiempo con ellos, siquiera un rato, y de los aprendizajes y precauciones que fluyen del testimonio de sus labores y sufrimiento hacia la nueva generación que, pareciera, deben tolerar un poco más antes de cruzar el río.

Martin Luther King fue el Moisés, y en la noche de su asesinato, invocó ese deber para sí mientras hablaba del costo de ver la Tierra Prometida con sus ojos, su búsqueda, que ha definido su vida, pero a la cual él mismo nunca podría entrar. Este verano, perdimos al Congresista de los Estados Unidos John Lewis y al Reverendo C.T. Vivian, ambos el mismo día. Ellos también fueron Moisés. Ambos fueron figuras decisivas, que han dejado legados que los trascenderán en el tiempo. Pero fue la muerte de John Lewis la que causó que una nación se sobresaltara por un instante. No solo por el luto tras la pérdida de un hombre, sino también el dolor por esperanzas no concretadas, sacrificios no redimidos, y sueños en riesgo de no cumplirse.

Tras el fallecimiento de John Lewis, el Congresista James Clyburn reflexionó sobre la vida de su viejo amigo, y contó cómo ambos asistieron juntos a una reunión de líderes de Derechos Civiles en los días siguientes al asesinato de King. Se reunieron para hablar del trabajo pendiente, y levantaron la interrogante de si, ante el devastador costo de la no violencia, aún podría el movimiento adoptar la no violencia como principio fundamental. Y decidieron continuar defendiendo un movimiento no violento. Clyburn agregó que, para muchos en esa conversación, la no violencia era vista como una táctica o estrategia efectiva a través de la cual podrían lograr los objetivos del movimiento. Sin embargo, dijo que John Lewis era diferente; agrega que John Lewis había internalizado la no violencia completamente, y que la vivía en todo lo que hacía y en todo lo que era. No era una estrategia, sino un estilo de vida.

Tuve el privilegio de conocer a John Lewis en una oportunidad, y me quedé impresionado y profundamente conmovido al ver los vestigios en su rostro y su cabeza, ya desvanecidos, de los golpes y la violencia que fueron infligidos sobre su persona como recompensa por su lucha pacífica, y que se erigen como íconos del verdadero y alto costo de la no violencia. Lewis fue un fundador y líder del Comité Coordinador Estudiantil No Violento, y habló acerca de ese trabajo, afirmando “Algunos de nosotros llegamos a la conclusión de que los medios y el fin son inseparables. Si vamos a crear la Comunidad del Amor, una sociedad abierta, si esa es nuestra meta, entonces los medios y métodos de nuestra lucha deben ser consistentes con el objetivo, con el fin a lograr.” Si buscamos un mundo de paz, debemos entender que no podemos lograr la paz mediante la guerra o la violencia. Si buscamos un mundo de igualdad, debemos aceptar que no podemos lograrlo mediante el menosprecio o la degradación de las personas. Si buscamos un mundo de inclusión, no podemos expulsar o excluir a alguien de nuestra comunión. Si el objetivo es la igualdad y la paz, todo lo que hagamos para lograrlo debe encarnar esos mismos principios. Por tanto, Lewis agrega, “Nunca te amargarás. Nunca te volverás hostil. Nunca intentarás degradar a los que se oponen a ti.”

Esos eran los principios, y para Lewis eran absolutos. Mientras miraba el rostro de Lewis que una vez había sido magullado y destrozado, ahora parcialmente sanados, recordé, “Y luego Jesús mostró a sus discípulos los agujeros de los clavos en sus manos y pies, y la estocada de la lanza en su costado, y les dijo ‘Que la paz sea con vosotros’”.

John Lewis falleció en medio de una protesta y una lucha a nivel nacional en pro de la justicia racial y la igualdad. Murió mientras las personas afirmaban la simple y elegante queja de Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan) y se les respondía con violencia y brutalidad. En el contexto de las protestas, innumerables personas alzaron el llamado de John Lewis de “meterse en problemas válidos”, pero creo que no todos han sido capaces de ver que lo que Lewis quería decir estaba inextricablemente atado a sus convicciones no violentas, a su rechazo a la amargura y la hostilidad, y a su repudio a la denigración de quienes se le oponían.

La vida y el testimonio de John Lewis dirán muchas cosas a mucha gente. Como todos los profetas, y ciertamente todos los mártires, su mensaje está colmado de complejidad y de profundo significado y llegará a cada corazón humano, y será interpretado por ese corazón y vivido de acuerdo a las virtudes y principios de cada persona. Me parece que parte del testimonio de John Lewis era que, si de verdad quieres vivir como una persona no violenta, entonces tienes que estar dispuesto o dispuesta a recibir algunos golpes. Quiero decir, a no tomarte de forma personal la violencia de una autoridad ilegítima y por lo tanto a no alzarte respondiendo con furia, venganza y recriminación, sino a entender y aceptar que la violencia perpetrada sobre nosotros es una parte esencial e ineludible del proceso de transformación. Levantarse, caerse y volverse a levantar. Seguir amando al enemigo. Por la naturaleza del mundo en que vivimos, la no violencia inevitablemente nos llevará a lo profundo de los peligros del mundo, exponiéndonos a las amenazas del adversario. No todos de ninguna manera serán sometidos a esa prueba, pero si se llega a dar, es bueno recordar que el testimonio de Jesucristo, de Martin Luther King, de Dietrich Bonhoeffer, y de John Lewis, no se trata de la proclamación de la no violencia, sino de la disposición a pagar el costo de esa no violencia al aceptar esos golpes ineludibles que son parte de ella, y cargar con las cicatrices hasta el último de sus días.