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Un Mensaje del Obispo Dietsche Sobre el COVID y Su Efecto en Nuestras Vidas


Published in the issue.

Mis Hermanos y Hermanas,

Al momento de recibir esta edición del Episcopal New Yorker, ya han pasado seis meses y medio desde que el acelerado incremento de la pandemia del COVID-19 en Nueva York nos exigió la suspensión temporal de la adoración pública en nuestras iglesias. Durante los siguientes dos meses e incluso después, nosotros en esta diócesis vivimos de primera mano el horrible aumento de contagios y muertes. Para aquellos de nosotros que vivimos en la ciudad, nuestras vidas diurnas y nocturnas estuvieron acompañadas por el incesante sonido de múltiples sirenas. Cada día, éramos informados del nuevo número de contagios del día anterior, y también de las pérdidas de hermanos y hermanas en ese mismo periodo.

Nuestras parroquias respondieron inmediatamente, y casi todos los clérigos y personas cambiaron para hacer los servicios de adoración y ofrendas virtualmente y a distancia. Encontramos maneras de cuidarnos para estar seguros mientras dábamos continuidad a nuestros ministerios esenciales, y juntos pasamos la tormenta. Con el liderazgo extraordinario de nuestro gobernador, aprendimos a vivir con el COVD, a cómo protegernos entre todos, y a cómo “aplanar la curva.”

Desde el primero de julio, las parroquias han tenido autorización para reanudar las adoraciones públicas. Algunas iniciaron inmediatamente, y otras se unieron en julio o agosto. Sin embargo, es claro que la mayoría de nuestras iglesias esperaron hasta el otoño, y muchas de nuestras parroquias están apenas dando los primeros pasos para reiniciar los servicios de adoración presenciales. He dejado claro que daré pleno apoyo a las decisiones tomadas por los sacerdotes y los guardianes de las parroquias en aras a salir adelante con sus propios horarios, de forma coherente según las circunstancias locales y siempre en pro de proteger a los fieles de la iglesia.

Los contagios en Nueva York han estado bajando desde mediados del verano, lo cual ha sido una gran bendición. Estamos conscientes, sin embargo, que estos últimos seis meses han sido dolorosa y trágicamente costosos, y que hemos atravesado una época de extraordinaria—en nuestras ciudades, comunidades, así como en nuestros hogares y parroquias. La mayoría de las iglesias han tenido algunas de sus personas contagiadas con COVID. Muchas han perdido a fieles entrañables por esta enfermedad. Y como vemos hemos visto en todo el país, también en la Diócesis de Nueva York: Los costos fueron muy altos y las pérdidas mucho mayores en congregaciones de persona negras que en las parroquias de mayoría blanca. Hemos confrontado una dolorosa y horrible verdad, que una consecuencia del racismo es que las personas negras tendrán que sufrir más pérdidas en una pandemia. Lo cual es supremamente vergonzoso.

La lucha para sobrevivir la pandemia y cumplir con los requerimientos de nuestras vidas diarias bajo condiciones peligrosas y amenazantes ha ocupado nuestras mentes y espíritus en niveles totalmente dominantes y nos han causado estrés excesivo. Pero, a medida que iniciamos y pasamos el otoño, la obligación y el privilegio de recordar a quienes hemos perdido y encomendarlos a Dios, y celebrar lo que ellos significaron para nosotros y cuánto nos importaron, son una urgencia inmediata. En la convención de nuestra diócesis diremos sus nombres y pensaremos en quienes hemos perdido, y daremos gracias a Dios.

Por quienes hoy en día están de luto por la pérdida de sus seres queridos, pedimos la gracia y la bendición de Dios, así como Su paz. Por todos a quienes se los llevó el COVID, esas personas bienamadas a quienes ya no podemos ver, pedimos la presencia eterna de Dios y el regalo de la vida en descanso eterno. Que sus almas, y las almas de todos los fallecidos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.

El Reverendísimo Obispo Andrew ML Dietsche
Obispo de Nueva York